Es extraña la sensación de escribir esta columna. Será porque la fe se me escurrió despacito a fuerza de golpes de realidad. De escepticismo más que de cinismo. ¿Hay un Dios? ¿Un arquitecto supremo? ¿Un creador? ¿Un niño en un pesebre de Belén? Siempre me pareció admirable la capacidad de quienes tejen una vida espiritual capaz de ayudarlos a contestar las preguntas trascendentes que todos nos hacemos. La capacidad de aceptar y de creer.
Pero es Navidad y hay sentimientos que se irradian fronteras afuera de la cristiandad. Valores que nos unen y por los que vale la pena jugarse. Motivos para brindar que representan, a la vez, un milagro de fe. Por ejemplo, para convencer y convencerse de que no todos son los lobos que Thomas Hobbes reconoció en cada hombre. Es lo mismo que decir esperanza.
Es Navidad y vale la pena embargarse de respeto y tolerancia. De aceptarnos profundamente humanos, y como tales de sujetos capaces de ilusionar e ilusionarse.
Es Navidad en este rinconcito del mundo, tan castigado y a la vez reacio a bajar los brazos. Y esa voluntad de pelearle a las miserias -las del bolsillo y las del corazón- también es un buen motivo para brindar.
No sé si hay un Dios. Me lo pregunto cada mañana. Pero sí estoy convencido de que son demasiadas las maravillas de la vida que nos unen, nos resulta tan necesario un remanso de unión y de alegría, que la Navidad es un regalo que vale la pena ser disfrutado y aprovechado.
Feliz Navidad para todos, entonces. Y dejemos que a las preguntas las responda el tiempo.